martes, abril 12

Lo uno y lo otro



" - En el pasado siempre existe algo irremediablemente muerto. 
- ¿Dónde se inventa el amor que no existe? ¿Dónde se registran los besos no dados? ¿Dónde estás cuando estás acá parado al lado mío? ¿Dónde estás cuando me mirás casi furtivo? ¿Dónde estás todo el tiempo? Te fuiste, no te diste cuenta y te fuiste, me hablás cada vez mientras te vas. 
- Siento que nos vamos a gastar el cuerpo, la mente y el alma si seguimos raspando empecinados lo que queda de este amor.


Era como escuchar a la distancia tres campanas diferentes: una actual, la del hombre presente. Dos pasadas, la de la mujer y la del mismo hombre, aunque años antes, contándome historias diferentes o una misma historia pero desde distinto lugar.
Los acontecimientos se inclinaron al perfil de la inclemencia, no se contemplaba el amor, no se consideraba el perdón ni la paciencia. Ellos estaban enfurecidos, aunque yo no terminaba de entender el porqué, la situación se había vuelto insostenible. Empecé a asimilar que ciertamente habría muchas cosas que no alcanzaría a comprender porque ya había entendido que no era mi postura objetiva ni eran mis sentimientos tan ajenos. Mientras ellos gritaban maldiciendo hermosuras yo rememoraba anécdotas anteriores, releía iniciales escritas con sobres de azúcar, los veía abrazarse pegados a la salida de la estufa de la esquina de Cervantes para tolerar las noches de invierno. Mientras ellos hacían huecos en las paredes yo evaluaba los procesos del amor, analizaba las fórmulas exactas que finalmente parecían fallar a pesar de mi disconformidad. Yo evocaba los besos apasionados mientras ellos fruncían los labios, mascullando aquello que ni siquiera se atrevían a pensar. En mi cabeza la imagen serena de Irineo revelaba a Julieta la fantasía de vivir todos los veranos del mundo viajando de país en país, de continente en continente y se lucía el gesto de ella sucumbiendo al enamoramiento. Mientras tanto el recuerdo al que arremetía la actualidad, mostraba un panorama que poco contaba de lo que ellos habían sabido ser. Dentro de mí las cosas se mezclaban y no podía determinar a cuál de ambas realidades prestar atención. Evidentemente yo veía otro lado de la misma moneda o la veía borrosa y por eso no podía distinguir. De cualquier modo, cara o seca no me inquietaba, que fuera la que debiera ser; sólo pretendía que fuera una porque esa incertidumbre destruye a cualquiera.


[...] 
- Siempre es hoy o nunca. ¿Cómo estar seguro de no estar dejando lo que realmente uno debe conservar o cómo cerciorarse de que está atesorando lo que verdaderamente lo hará feliz? Presumiendo que yo esté enamorado de estas dos mujeres y que puedo tener sólo a una... ¿Qué se supone que debo hacer?
          - Elegir bien".


Fragmento perteneciente al capítulo 9 de la novela La Tercera Fuerza, Cecilia Íncola


El otro es un espejo. Dicha afirmación no implica una definición categórica del otro como objeto ni le quitamos valor con esto. De hecho, el otro es irremplazable, sea quien sea.
Así como es inigualable, incluso por nosotros mismos, lo que somos en cada circunstancia de vida y frente a cada persona, la persona que produce en nosotros esa nueva y única faceta es irreemplazable. La variación está en cuánto nos gusta o no esa faceta. El otro que es el espejo, como todo espejo altera, cambia. Dos espejos diferentes no reflejan lo mismo, aunque sea siempre uno el que esté parado adelante.
Conocernos es nuestro instrumento para conocer a los demás. Es la imagen propia que ese otro nos devuelve, lo que nos aproxima a saber a quién tenemos enfrente. De alguna manera cuando elegimos a alguien, nos estamos eligiendo a nosotros mismos, a lo que somos cuando esa persona, irremplazable e "inadmisiblemente otra", se encuentra a nuestro lado. Cee

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